La cruz expuesta en el palacio tras su restauración. |
Debía
ser esta una de las primeras entradas tras el “reposo estival” y así va a ser.
Será el Aneto el protagonista, el Aneto en mi vida, y no porque sea la montaña más alta
del Pirineo, sino por la relación que entre ella y yo se ha ido estableciendo a
lo largo de los años.
Cuando
este verano salí del palacio de los Condes de La Ribagorza, donde estaba
expuesta la cruz de la cima tras su restauración, llevándola al hombro con un grupo de voluntarios
y algunos miembros de la Guardia Civil de montaña, me sentí anonadado por la
“casualidad” que me deparaba tal honor, y feliz por lo que para Isabel y para mí esa cruz
significa. La llevamos al hangar del helicóptero de rescate desde, en fecha no
determinada, la subirán de nuevo a la cima donde estaba desde el 12 de agosto
de 1951 hasta que la bajaron para su restauración.
De
momento he llegado a ella 11 veces, más dos en las que no pude alcanzarla, pues
en una el Paso de Mahoma estaba helado y en la otra una espesa niebla la cubría
e iba con gente demasiado joven.
Cada
una de las trece veces que he subido, también esas dos en las que no llegué a
ella, han quedado grabadas en mi memoria de un modo nítido y son ya un bonito e
íntimo recuerdo, pero hay algunas que por diversos motivos destacan sobre las
demás.
Y esas
voy a relatar, sin quitar por ello mérito a todas las demás.
Llegué
por primera vez el 20 de julio de 1984, solo. Y solo estuve un buen rato en la
cima, junto a la cruz, a donde, recuerdo bien, llegaron tres aragoneses, ya
mayores, con los que estuve un buen rato de amable conversación. No había nadie
más. Llevaba botas, crampones y piolet, como debe ser, y las grietas del
glaciar, entonces enormes, me impresionaron muy vivamente.
El 12
de agosto de 1986 volví con un grupo de amigos mucho más jóvenes que yo. Uno de
ellos había estado a las puertas de la muerte a causa de una grave enfermedad.
En los largos días de hospital soñaba con llegar a la cima. Cuando por fin ese
verano fuimos, a nadie se nos olvidará el momento en el que, tras cruzar el
Paso de Mahoma, corrió a la cruz y, abrazándola, se echó a llorar.
También
ese día, ya de regreso por el glaciar, caí en una grieta. Afortunadamente era
estrecha y abrí instintivamente los brazos, con lo que conseguí detenerme y
pude salir con bien del susto. No olvidaré la sensación de sentir los pies en
el vacío.
El 9
de julio de 1987, con la intención de hacer algo más que subirlo, acampamos en
el collado Coronas, a 3200 metros de altura. La noche, fría pero serena, fue
mágica, y la ascensión, breve y bellísima, caminando sobre un glaciar resplandeciente,
iluminado por el sol que emergía de un inmenso mar de nubes.
Es el
Aneto la primera cima pirenaica de Isabel y en aquella ascensión demostró lo
mucho que le gustan las montañas y su increíble resistencia y tenacidad. Era el
21 de agosto de ese mismo año. La alcanzamos, en una marcha agotadora, desde
Remuñe, de donde salimos el 20, con un vivac breve y precario en el ibón del
Salterillo, regresando a Remuñe donde habíamos instalado las tiendas. Más de 24
horas de marcha, sin casi descanso, para llegar antes que el temporal que se
avecinaba. Empezó a llover cuando llegamos al campamento.
Años más
tarde, pude asistir a la misa que en la cima se celebró con ocasión del 150
aniversario de su conquista, el 20 de julio de 1842, realizada por el ruso Platón
de Tchihatcheff y el francés Albert de Franqueville. Es esta otra “casualidad”,
pues no había caído en la cuenta de que justamente esos días estaba en Benasque
y me era posible volver a su cruz en fecha tan señalada. Comulgué en la cima.
Pero
el tiempo pasa y la última vez que fui, el 26 de agosto de 2014, ya no se
respiraba allí la paz ni había la soledad que en el siglo pasado encontré siempre en aquellas
alturas. Ahora no se me ocurriría ir al Aneto en verano, y menos en fin de
semana. Se puede ir, pero de otra manera.
En el
Pirineo soy montañero, no deportista, ni turista. Como imagino que quien haya
tenido la paciencia de leer hasta aquí habrá podido deducir, la montaña, el
Aneto y esa cruz que el pasado 23 de agosto tuve el increíble privilegio de llevar al hombro, son para
Isabel y para mí mucho más que una conquista deportiva o una foto de recuerdo.
O quizá no mucho más, sino algo distinto, algo totalmente distinto. Y eso hay
quien lo entiende sin palabras, y quien no lo entenderá nunca por mucho y bien
que se lo expliquemos.
Acabo
con la inscripción que lleva la cruz.
Protege
Domine plebem tuam per signum Sanctae Crucis.
Sí,
eso dice, “protege Señor a tu pueblo por la señal de la Santa Cruz”.
![]() |
Momentos antes de salir del palacio de los Condes de la Ribagorza. |
![]() |
Elevándola frente al hangar. |
No hay comentarios:
Publicar un comentario