FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

martes, 16 de octubre de 2018

Palacio de frescura y gracia.


Me senté a comer apaciblemente en la plaza de un pueblo de la Serranía. Sólo una fuente, un par de gorriones, el sol y yo. Un viento suave mantenía fresquito el ambiente. No se oía nada más que el murmullo del agua y el rumor de alguna conversación próxima que pronto se apagaba.
Miré la fuente iluminada por el sol de otoño y me acordé de aquel capítulo de Platero y yo titulado El niño y el agua. Y aunque el protagonista es un niño y es verano, me sentí como él, jugando con el agua, en mi caso haciéndole fotos desde la mesa del bar donde esperaba la comida.
Veía yo también ese “palacio de frescura y de gracia” que contemplaban arrobados los ojos negros del niño. Y ese palacio era, “igual siempre y renovado a cada instante”.
Un “sepionet” sabroso y bien cocinado y una cerveza, servidos por la amable señora que regenta el bar, me sacaron de mi ensoñación literaria. Fue un rato bien bonito.
Cuando llegué a casa y vi las fotos me sorprendió la exactitud de la metáfora de Juan Ramón Jiménez: "Palacio de frescura y gracia, igual siempre y renovado a cada instante".
Podéis leer el capítulo y ver las fotos.

En la sequedad estéril y abrasada de sol del gran corralón polvoriento que, por despacio que se pise, lo llena a uno hasta los ojos de su blanco polvo cernido, el niño está con la fuente, en grupo franco y risueño, cada uno con su alma. Aunque no hay un solo árbol, el corazón se llena, llegando, de un nombre, que los ojos repiten escrito en el cielo azul Prusia con grandes letras de luz: Oasis.
Ya la mañana tiene color de siesta y la chicharra sierra su olivo, en el corral de San Francisco. El sol le da al niño en la cabeza; pero él, absorto en el agua, no lo siente. Echado en el suelo, tiene la mano bajo el chorro vivo, y el agua le pone en la palma un tembloroso palacio de frescura y de gracia que sus ojos negros contemplan arrobados. Habla solo, sorbe su nariz, se rasca aquí y allá entre sus harapos, con la otra mano. El palacio, igual siempre y renovado a cada instante, vacila a veces. Y el niño se recoge entonces, se aprieta, se sume en sí, para que ni ese latido de la sangre que cambia, con un cristal movido solo, la imagen tan sensible de un calidoscopio, le robe al agua la sorprendida forma primera.
- Platero, no sé si entenderás o no lo que te digo: pero ese niño tiene en su mano mi alma.











"Palacio de frescura y gracia, 
igual siempre y renovado a cada instante".

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