Fue la
Nochevieja de 1987 una de las más especiales que he pasado en
mi vida. No digo que fuera ni mejor ni peor que otras, pero fue toda una
experiencia.
Estaba en el valle de Benasque con un amigo que se
volvió el 31 de diciembre a Valencia. El 1 de enero subía otra vez gente, pero
yo me quedaba solo en el valle la noche en cuestión, así que entre estar
haciendo el pato con sombreritos y matasuegras e irme a la montaña, opté por lo
segundo.
José Mari, que esa noche iba a estar muy ocupado en
su fonda, me subió con mi coche hasta los llanos del Hospital donde me dejó, y
luego se bajó con él por si nevaba y se me quedaba atascado. Hay que decir que
entonces allí solo había unas ruinas.
Al principio caminando y luego esquiando llegué a
Aigualluts, a los pies del Aneto, donde acampé. No había nadie, claro. Soledad
absoluta y frío intenso. Me sentía feliz.
Cené una sopa de sobre, unas chuletas a la brasa
regadas con buen vino y acabé con un carajillito que en el termo aún conservaba
algo de calor, pero que tuve que recalentar con el cocigás. De postre, unos
mazapanes.
Luego, al caer la noche, me metí en la tienda y
envuelto por el calor confortable que me procuraba el saco de plumas me dormí
enseguida. El silencio era absoluto, no se oía ni el agua que, mansa, pasaba
junto a la tienda entre hielo y nieve.
Pero previendo esta contingencia me había puesto el despertador cinco minutos antes de
las doce, y cuando las agujas marcaron la media noche, me comí pausadamente
doce pasas, las uvas se habrían congelado, y di un trago de pacharán que
llevaba en una petaca. Nevaba suavemente.
Y abrí la cremallera de la tienda; lo primero que
vieron mis ojos fue una mansa nevada sobre el Pla de Aigualluts sumido en la
oscuridad. Las montañas quedaban ocultas. Hacia mucho frío.
De nuevo en el saco, escuchando ahora el suave sonido
de la nieve sobre la tienda, salí de mí mismo con las alas de mi imaginación,
como hago a veces, y me vi, solo, perdido en medio de aquella inmensidad
helada, oscura, soberbia, pero que sentía muy, muy acogedora. Me acordé de la
gente a quien quería y que sabía que me quería. Sobrevolé juergas, fiestas, canciones,
luces, campanadas, desmadres…
Yo estaba allí en la soledad más absoluta, en el
silencio, solo, solo del todo (no había móviles entonces) porque yo lo había
elegido. Y muy calentito en el saco, al arrullo de la nevada sin viento, me
sentí feliz. Y me dormí hasta que me despertó la luz, la primera luz de 1988.
A la mañana siguiente, tras saludar al Aneto que
resplandecía blanco en un cielo azul profundo cargado aún de nubes, desmonté y
esquiando bajé hasta los llanos del Hospital. Luego, andando, llegué a Benasque,
donde fui afectuosamente recibido por la familia Ciria, que había preparado una
exquisita y abundante comida de Año Nuevo que disfruté, como bien podéis
imaginar. ¡Vamos, que no hay palabras!
Pues sí, esta es una de las nocheviejas más
especiales que recuerdo. He vivido otras en la montaña; en tienda, en hoteles,
en albergues, en refugios, en pajares, en parideras, pero siempre que he recibido
al año nuevo en la montaña ha sido inolvidable.
Con el recuerdo que os he narrado hoy y con las fotos
que hay a continuación, os deseamos Isabel y yo un feliz y venturoso 2014.
El hielo recuerda que estamos siempre bajo cero. |
Los llanos del Hospital,antes de que se construyeran las actuales instalaciones. |
El Aneto sobre el Pla de Aigualluts. Allí acampé. |
La tienda montada junto al río. Al fondo la Forcanada. |
Desde dentro de la tienda. |
La sopa tarda en calentarse. Hace mucho frío. |
La luz va yéndose poco a poco. |
A la mañana siguiente. Ha nevado muy poco. |
El cielo va poco a poco aclarándose. |
No hay un alma. El día ha quedado perfecto. |
Fue un bonito descenso por el fondo del valle. |
Enhorabuena Jesús por las oportunidades que has tenido y has sabido aprovechar.
ResponderEliminarGracias Vicente. Es cierto que hay que intentar aprovechar las oportunidades de sentirnos vivos y superar los tiempos perdidos, que también los hay.
ResponderEliminar¡Feliz año!