107 días sin llover.
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Era
esta una tarde gris de esas que en otros tiempos acababan en lluvia. Mientras
mis alumnos trabajaban y yo me paseaba entre ellos por el aula, recordaba mi
propia infancia en la que este cielo gris significaba serrín en la entrada del
cole, calles mojadas y paraguas para ir a casa.
Y eran
muchas las tardes pardas y frías a lo largo del curso. Es curioso cómo mis
recuerdos de aquel tiempo están muy frecuentemente envueltos por una lluvia
suave pero pertinaz. Quizá no fue así, pero así lo evoca mi memoria.
Y es
posible que en la cristalización de este recuerdo, tenga mucho que ver este
poema de Antonio Machado, que ya he publicado en el blog alguna vez, titulado precisamente Recuerdo infantil, y que hoy me apetecía compartir de nuevo.
Una
tarde parda y fría
de
invierno. Los colegiales
estudian.
Monotonía
de
lluvia tras los cristales.
Es la
clase. En un cartel
se
representa a Caín
fugitivo,
y muerto Abel,
junto
a una mancha carmín.
Con
timbre sonoro y hueco
truena
el maestro, un anciano
mal
vestido, enjuto y seco,
que
lleva un libro en la mano.
Y todo
un coro infantil
va
cantando la lección:
«mil
veces ciento, cien mil;
mil
veces mil, un millón».
Una
tarde parda y fría
de
invierno. Los colegiales
estudian.
Monotonía
de la
lluvia en los cristales.
Me lo
sé y lo he recitado en mi interior mientras mis alumnos trabajaban. Y desde
luego, si hubiera llovido, tengo muy claro que habría interrumpido la clase y
habría invitado a Antonio Machado a que, a través de su poema, se hiciera
presente entre nosotros.
Pero
no ha sido el caso. No ha llovido.
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