Andando
por las montañas de Ribarroja y Villamarchante, es frecuente tener que
soportar, y subrayo lo de soportar, el ruido de las motos que en el circuito de
Cheste se dedican a sus cosas… Habrá a quienes les sonará a música celestial; a
mí me resulta un ruido cargante y machacón que no me gusta nada, y eso que he
llevado moto muchos años.
Imagino
cómo estarán los vecinos de Cheste a los que el circuito no les reporte ni
oficio ni beneficio y encima tengan que aguatarlo. A nosotros nos protegen las
montañas que tenemos al sur, por lo que les estoy muy, muy agradecido.
Lo
mismo pasa ahora en fallas. Aquellos a los que la fiesta no les parezca que deba
suponer un pachún, pachún a todo meter, hasta las cuatro de la mañana, y que
además, tengan que madrugar para ir a trabajar, también habrán de soportar como
mejor puedan la situación.
¿Quiero
decir con esto que no debería existir el circuito de Cheste y que las fallas
deberían ser silenciosas? No. Lo que quiero decir es que, al menos, deberíamos
ser conscientes de que hay actividades deportivas, festivas, laborales, que
resultando gratificantes o necesarias para unos, son muy molestas y hasta
agresivas para otros.
Cierto
que hay una legislación que trata de poner orden en estas cuestiones, y que
existe el “hoy por ti, mañana por mí”. Pero más allá de esto, debería existir
también eso de pensar en los demás. Y en la medida de lo posible tratar de no
molestar demasiado.
Lo
primero, desde luego, como he dicho, es ser conscientes que las “víctimas” de
las motos de Cheste, de las músicas nocturnas de las fallas, de esa obra
próxima a casa, o de ese vecino que cuando se le ocurre se lía a dar golpecitos
de martillo no sé a qué ni para qué, existen. Y también tienen sus derechos.
Sea
trabajo o diversión, da igual. Siempre se puede hacer pensando en los demás.
Porque ese es el quid de la cuestión. La cortesía y el sentido común podrían
ayudar mucho y hacer que las “víctimas” de tu trabajo, tu afición, tu fiesta, te
tuvieran que aguantar lo menos posible. Y desde luego estarles agradecidos.
Por
cierto, la “victima” del vecino de los misteriosísimos, repetitivos, e
inoportunos golpecitos de martillo, soy yo. El “martillador” no tengo ni idea
de quién es.
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