FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

domingo, 14 de febrero de 2016

El alba perfecta de mi vida.

                103 días sin llover.

Quiero, este día de San Valentín, compartir un par de textos preciosos de Miguel de Unamuno, que nos hablan del amor, pero del amor de verdad. El bueno de don Miguel no podría hacerlo de otra forma. Ni qué decir tiene que me identifico plenamente con sus palabras.
Lo escribe como respuesta a un amigo que, un año antes de casarse, le dice que se deje de amores y se centre en su faena, en su futuro académico y profesional. Y don Miguel le contesta refiriéndose a su novia, a su queridísima Concha:
Ni por ahora ni por nunca. Ni puedo, ni quiero, ni debo dejarla. Ella es lo primero, ante todo y sobre todo, y si me exigiera el sacrificio de mis estudios favoritos lo haría; si para alcanzarla pronto, tuviera que quemar mis apuntes de todas clases, mis notas, mi tesoro, la labor de tantos años de reclusión y meditación terca, los quemaría. Ella representa para mí 12 años de vida, doce hace que la conozco, los sueños y los anhelos de 12 años, día tras día. En fin, es toda mi vida y lo mejor de ella.
Y luego, ya casado, dice de su esposa:
…que me alegra la casa y el corazón con su inalterable alegría, que es mi mayor sostén y el alba perfecta de mi vida. Un alba, sí; que es lo más hermoso; no sale el sol que agosta y quema, pero nunca es noche! ¡Bendito el día en que me casé!
No creo que hagan falta comentarios.

¡Feliz día de San Valentín!

 NOTA: las citas están extraídas del libro de José Vicente Rodríguez, Miguel de Unamuno, profeta y apóstol. Ed. San Pablo 2014.

sábado, 13 de febrero de 2016

La salud de su garganta.

               102 días sin llover.

Era por la mañana. Iban al “cole” aguantando el viento racheado y desagradable que ya nos viene acompañando demasiado tiempo.
Me crucé con ellos. Delante andaba un mozo de unos catorce o quince años bien “plantao”, guapete él, resultón, flanqueado por dos mozuelas de una edad semejante, guapetonas ellas también, que pugnaban por subirle el cuello de la cazadora para protegerlo del viento. Les preocupaba mucho la salud de su garganta.
Una decía, "te tendremos que comprar otro cuello más alto", y la otra, "no, te compraremos una bufanda". Él sonriente, se dejaba hacer, y avanzaba resuelto, custodiado a derecha e izquierda por sus dos adoratrices.
A corta distancia caminaba otro chaval, menos agraciado, más feuchillo y escuchimizadín, zarandeado por el viento, y con una cara de mala leche que tiraba “patrás”. Su garganta no preocupaba a nadie, más que a él mismo.
Me dije, es la vida. Implacable. Y lo único que podemos hacer, es tratar de ser felices con las cartas que nos han sido dadas. No hay más.

viernes, 12 de febrero de 2016

Verde y agua.

101 días sin llover.
                                                                                                                                                      
Como tantas otras veces en lo pequeño, en lo escondido podemos descubrir mucha belleza. En esta foto, imposible de hacer en días como estos que estamos sufriendo, vemos cómo el agua forma esta preciosa bolsa de perlas en un rincón cualquiera de nuestros montes.
Verde y agua. ¡Qué bonito! 



jueves, 11 de febrero de 2016

Cien días sin llover.




…y el día 100 cayeron cuatro gotas mal contadas, y siguió el viento, el viento de poniente…

Hoy hace 100 días que no llueve, al menos sobre mi casa. Para ser exactos, en 100 días, mi pluviómetro ha registrado un litro y medio.  Un litro y medio en 100 días.
A los que viven de espaldas al medio ambiente esto les da igual. A los que nos importa y a los que viven directamente de él, esto nos preocupa, nos enfada, nos cansa.
¡Cuántas ganas de ver llover, de escuchar la música maravillosa del agua al caer, de oler a tierra mojada, a romero, a tomillo recién lavados! ¡Cuántas ganas de ver la cortina que difumina el paisaje y devuelve la vida!
Cien días sin llover es ya demasiado tiempo. Ya está haciendo demasiado daño. Un daño imperceptible pero profundo. Un daño que no sale en las noticias como las inundaciones, los pedriscos, las grandes nevadas, los vientos huracanados o las olas salvajes. No, no sale, pero es tan demoledor o más que esas otras manifestaciones brutales de la naturaleza que sí salen en periódicos y telediarios. Esto mata sin hacer ruido, pero mata.
Cien días sin ver llover. Y sigue. Ojalá estos fríos que dicen que vienen, acaben de algún modo trayéndonos agua. ¡Ojalá! Y ojalá cese el maldito poniente. ¡Ojalá!

martes, 9 de febrero de 2016

¡Es sólo un desahogo!

Son las 23´55 del martes, 9 de febrero. Estamos a 18 grados, sopla un poniente de mil demonios que empezó el domingo pasado y no sabemos cuándo acabará, hace casi 100 días que no llueve…

¡Es sólo un desahogo!

Preparándose la cena.

Lo pequeño es también muy digno de ser contemplado. Sentarse un buen rato cerca de una araña, y ver cómo se prepara dos “bocadillos” para la cena, es todo un espectáculo. Mi camarita, aunque pequeña, me permitió fotografiar los preparativos del bicho en cuestión. Bicho precioso, por cierto.


lunes, 8 de febrero de 2016

Acción de gracias por la esperanza.


Es la esperanza lo que quedaba esta tarde en pie, como ha dicho Juan, como un puntito de luz. Un puntito de luz de esos tan débiles, tan lejanos, que parecen perderse en la nada, apagarse.
He llegado a casa después del entierro de Federico, un padre de familia del colegio, y he buscado en uno de esos libros que yo llamo de cabecera, el texto que a continuación comparto, porque me apetecía leerlo, porque necesitaba leerlo. Y lo comparto por si a alguien le sirve.
A mí sí me sirve, sobre todo esos versos que dicen hasta que, la tarde final de nuestra cita, salga Jesús a nuestro encuentro, y conozcamos a quien, sin verlo, ya le amamos, y vayamos con él hasta la meta, donde la fe ya es gozo… y estos otros nos dejaste una herencia pura, incorruptible, que tú nos reservas para el día en que abriremos los ojos, sorprendidos por la luz y el color de tu regalo, igual que un niño al que despiertan para enseñarle el juguete preferido…
Leedlo completo, si queréis.

Te damos gracias, Dios,
Padre de nuestro hermano y amigo Jesucristo,
Padre también de todos nosotros,
que por la resurrección gloriosa de Jesús de entre los muertos,
nos hiciste nacer de nuevo a la esperanza,
viva
como una rosa abierta,
como un primer amor,
como una espontánea carcajada.

Nos dejaste una herencia pura, incorruptible,
que no se agota
como el dinero, la finca o las acciones,
y que tú nos reservas para el día
en que abriremos los ojos,
sorprendidos por la luz y el color de tu regalo,
igual que un niño al que despiertan
para enseñarle el juguete preferido.

Por eso la alegría más joven nos rebosa
por los ojos y los labios del alma,
en medio de las pruebas de la vida,
en medio de la duda, de la lucha,
del silencio difícil o de la desnuda soledad.

Porque así también te sentimos cercano
te queremos,
así también te agradecemos,
recordando
lo que Jesús hizo un día por nosotros,
lo que nos haces tú
por medio de los hombres,
por medio de las cosas.

Hasta que,
la tarde final de nuestra cita,
salga Jesús a nuestro encuentro y conozcamos
a quien, sin verlo, ya le amamos,
y vayamos con él hasta la meta,
donde la fe ya es gozo, compartiendo
unas indefinibles vacaciones,
como nunca pudieron anunciarnos
las mejores agencias de turismo.

Al que los profetas anunciaron,
abriéndonos camino a las promesas,
esperamos nosotros sin cansancio,
con los lomos ceñidos, dispuestos a la marcha,
aguardando la hora del combate,
atentos al silbato de partida.

Un tiempo creímos, ignorantes,
que estábamos situados sin remedio
en el puesto inseguro de la feria del mundo,
consumiendo poco a poco
la despensa de los años.

Te damos gracias,
porque tú nos libraste del  miedo y del vacío,
del dulce engaño de creer que todo está resuelto,
no con oro ni plata,
ni con estafa alguna,
sino por medio de Jesús,
con su ardiente palabra,
con su sangre preciosa,
con su recia promesa de victoria
que los vientos actuales de la historia repiten por el mundo.

El texto es de Víctor Manuel Arbeloa, del libro Cantos de fiesta y lucha.