FRASES PARA PENSAR.

SE DARÁ TIEMPO AL TIEMPO,
QUE SUELE DAR DULCE SALIDA A MUCHAS AMARGAS DIFICULTADES.

Cervantes en el Quijote.

domingo, 26 de enero de 2020

Los Baños de Benasque cierran.



Una reciente noticia me ha hecho, una vez más, sentir el paso del tiempo. Los Baños de Benasque han cerrado por un informe de sanidad entre otros. Y me ha dado pena.
Es cierto que estaban ya muy viejos, que no se invertía en ellos desde hace muchos años, y que el dinero que hace falta para hacerlos hoy en día competitivos es mucho. Todo esto es cierto. Dicen que intentarán mantener abiertos los baños, sólo los baños. Ya veremos.
Para los que desde siempre hemos recorrido el valle de Benasque y nos hemos sentido allí como en casa, o mejor, los Baños han sido todo un símbolo. Un chapuzón en la piscina calentita mientras fuera llueve, una cervecita en el bar o un bocadillo contemplando el valle y las montañas desde los ventanales…
¡Cuántas veces, después de unos días montaña tan duros como maravillosos, acabábamos en la piscina antes de bajar al pueblo a cenar para celebrarlos!
El paso del tiempo.
Uno de los momentos más increíbles de los muchos que allí viví ya lo compartí en el blog el 30 de junio del 2014, y voy a volver a hacerlo ahora a modo de homenaje a aquel rincón del Pirineo que ya es recuerdo.

Hay ocasiones en la vida en que sin previo aviso todo coincide para que gocemos de un momento, a menudo fugaz pero inolvidable, un momento de esos que dan al hecho de vivir una profundidad y un sentido que demasiadas veces perdemos envueltos en las nieblas cotidianas.
Estábamos, hace ya muchos años, mi amigo Vicente y yo, acampados en el Pla de los Baños. Fue aquel un mes de julio especialmente tormentoso y fresco, a veces frío. ¡Qué bendición!
Una tarde, la tormenta diaria que nos había dejado el tiempo justo de hacer cima y bajar corriendo, fue especialmente violenta, así que decidimos subir a cenar al barete de los Baños.
Desde los ventanales, abiertos al espacio, de aquel vetusto y entrañable edificio, veíamos las densas cortinas de agua caer sobre el valle difuminando sus contornos.
Cenamos en el bar, en amable conversación, muy a gusto, y ya tarde, un abuelete de los que estaban hospedados en el balneario y tomaban copitas mientras charlaban después de cenar, empezó a cantar, con bien modulada y potente voz, una jota aragonesa.
Fue el primero. Luego siguió otro y otro. Las jotas y los aplausos se mezclaron con los truenos que perseveraban con insistencia. A la luz de los relámpagos veíamos cómo, al avanzar la noche, se intensificaba la lluvia.
Y allí dentro seguían cantando, aplaudiendo cada jota, y animándose entre ellos, como si los truenos, los relámpagos y la lluvia, ya torrencial, les animara a ello, hasta alcanzar un extraño paroxismo, gozoso fruto de una comunión increíble entre hombre y naturaleza.
De regreso a la tienda, ya muy tarde, la tormenta amainaba y me dormí al arrullo de una lluvia cada vez más suave mientras los truenos se alejaban, hasta quedar la noche en un silencio sólo roto por el fragor del río que bajaba bravo, imponente, poderoso. Y al arrullo también de aquellas jotas que quedaron para siempre en mi memoria.

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